
Hoy, con motivo del Día Internacional de la Mujer, expresamos nuestra solidaridad con todas las mujeres cuyas voces han sido silenciadas por el miedo, la violencia, la discriminación o la estigmatización, incluso en los lugares donde deberían sentirse seguras y valoradas: sus lugares de trabajo. Si bien este día celebra los logros de las mujeres a lo largo de la historia, también debe hacer frente a una realidad persistente: la desigualdad de género y la violencia de género siguen estando profundamente arraigadas en el mundo laboral.
Comenzamos con un testimonio que refleja la realidad a la que se enfrentan innumerables mujeres trabajadoras:
“Volvía a casa después del trabajo. Después de bajar del transporte público y caminar por la calle, un hombre me tocó de forma inapropiada. Lo detuve y lo confronté. Mientras tanto, alguien que estaba cerca me reprochó mi forma de vestir. Como nadie había sido testigo claro de lo que había sucedido y no había cámaras, lo único que pude hacer fue enfrentarme a él y denunciarlo en la calle”.
Este es el testimonio de nuestra responsable, pero representa muchas otras historias que permanecen tácitas, sin documentar o ignoradas. Para demasiadas mujeres, el acoso, el miedo y la inseguridad les acompañan de camino al trabajo, durante la jornada laboral y de vuelta a casa.
A pesar de los avances tecnológicos, el crecimiento económico y la mayor participación de las mujeres en el mercado laboral, estas siguen estando expuestas de manera desproporcionada a la inseguridad, el acoso y la violencia, tanto en su lugar de trabajo como en sus alrededores. Las desigualdades estructurales persisten, lo que pone de manifiesto una dura realidad: el progreso económico no ha garantizado a las mujeres condiciones de trabajo seguras, igualitarias y dignas.
A escala mundial, casi una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida. Millones de mujeres son víctimas de acoso sexual en los espacios públicos y en sus lugares de trabajo, lo que limita su movilidad, sus opciones profesionales, su productividad y su independencia económica. Cada año, decenas de miles de mujeres son asesinadas por su género, lo que nos recuerda cruelmente que la desigualdad en el trabajo no puede disociarse de la desigualdad en la sociedad.
Estas cifras están registradas oficialmente, pero siguen siendo muy subestimadas. El miedo a las represalias, a perder el empleo, a ser estigmatizadas socialmente y la debilidad de los mecanismos de denuncia silencian a muchas mujeres, especialmente a aquellas que tienen empleos precarios, trabajan en el sector informal u ocupan puestos directivos.
La violencia y el acoso sexistas en el trabajo no son problemas individuales: se trata de violaciones sistémicas de los derechos humanos y los derechos laborales. Refuerzan las relaciones de poder desiguales, expulsan a las mujeres del mercado laboral y les impiden acceder a puestos directivos, salarios equitativos y seguridad económica.
Debemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿Qué valor tiene el desarrollo económico si las mujeres no pueden trabajar en condiciones de seguridad? ¿Qué significa la "igualdad de oportunidades" cuando las mujeres se ven obligadas a tolerar el acoso para conservar su empleo? ¿Cómo pueden prosperar los lugares de trabajo cuando la mitad de la mano de obra sigue estando infravalorada y desprotegida?
Aunque se están multiplicando los esfuerzos de la sociedad civil y las políticas en el lugar de trabajo, los cambios reales siguen siendo limitados. Las desigualdades de género en el empleo están arraigadas en los sistemas sociales, económicos, políticos y culturales, y para remediarlas se necesita algo más que compromisos simbólicos. Se requieren reformas estructurales, rendición de cuentas y aplicación de la ley.
En la JOCI afirmamos que la igualdad de género en el trabajo es inseparable de la justicia de género en general. Los lugares de trabajo seguros, la igualdad salarial, la ausencia de acoso y el acceso a puestos directivos no son privilegios, sino derechos basados en la dignidad inherente a las mujeres.
Las mujeres merecen la igualdad de oportunidades y la igualdad salarial.
Las mujeres merecen lugares de trabajo seguros y libres de acoso.
Las mujeres merecen la libertad de trabajar, dirigir y existir sin miedo.
Hoy hacemos un llamamiento a un cambio sistémico, gracias a la voluntad política, a protecciones laborales aplicables, a mecanismos de responsabilidad y a una transformación cultural. Sin igualdad de género en el trabajo, no puede haber verdadero progreso, desarrollo sostenible ni un futuro justo.
No aceptaremos nada menos que la igualdad, la dignidad y la justicia en el mundo laboral.








Español
Français
English 